martes, septiembre 16, 2008

Azul

Dar de comer al gato, sentarse a ver una mala película de televisión, cenar cualquier sobre de la comida...Su vida se parecía a la de una protagonista de una mala serie americana.
Pero Raquel echaba de menos a Gustavo. Y tenía ese absurdo pensamiento que golpea nuestra cabeza cuando alguien nos abandona: “no voy a poder vivir sin él”.
El pensamiento llevaba rondando desde que Gustavo había recogido su última caja y se había marchado sin apenas despedirse. Y allí se quedó.
Raquel solía decirse: “ya no tengo novio, pero tengo una obsesión”...Ya se sabe: algo nuevo(la obsesión), algo viejo(las fotos de sus últimas vacaciones juntos), algo prestado(la compasión disfrazada de comprensión de amigos y familiares)y alfo azul(eso debía ser el color de su cara cuando contenía la respiración para ver el tiempo que era capaz de estar sin pensar en él).

Pero eso no era lo más curioso. No. Porque, al fin y al cabo, siempre hay algo o alguien que te deja...un novio, el libro que prestaste y nunca volviste a ver...Lo curioso era que al principio ella ni siquiera le quería de verdad. Era guapo, atento, educado, inteligente y parecía estar tan loco por ella que no vio ningún motivo para no darle una oportunidad (sobretodo teniendo en cuenta que la última vez que se había enamorado fueron 5 años de “amor” no correspondido).
Así que, dejó que Gustavo la llevara a cenar, al cine, de copas y, a la larga, a la cama. Y de ahí pasaron a un piso de 70 metros en el que el ego de su novio y la inseguridad de Raquel luchaban por encontrar espacio propio. Al final ganó el ego y Raquel se convirtió en la loca que besa a su “hombre” cuando
Entra por la puerta del trabajo, le escucha las batallitas y le ríe los chistes malos.
Gustavo la dejó y encima ella se permitió convertirse en una maruja de los 80 incapaz de ser feliz si su pareja no lo era.
Gustavo, su ego, las pesas y las pelis japonesas dejaron un hueco que Raquel no sabía con qué llenar. Y entonces llegaron los libros de autoayuda, la meditación, las fiestas hasta las tantas de la mañana. Pero seguía poniéndose azul cuando contaba el tiempo que aguantaba sin pensar en él.
Y un día llamó. Él. No ella para luego colgar como había hecho otras miles de veces. No. Llamó él. Y le dijo que le debía una explicación.
Así que quedaron. Raquel volvió a su peluquería, recorrió tiendas...hizo todo un número a lo Carrie Bradshaw...
Gustavo la citó en un café cutre cerca de su nueva casa y le dijo que lo sentía, pero que había dejado de quererla.
Raquel le miró fijamente, recordó al gato (al que le tenía alergía pero que adoptó como regalo al hombre que quería),la comida recalentada y las películas dramones de los fines de semana que se obligaba ver para no dormir la siesta y despertarse de esa mala leche de la que Gustavo siempre solía quejarse. Y entonces lo entendió todo.
- “Tienes suerte, Gustavo”
- “¿Suerte”, ¿yo?
- “si hombre, tú has dejado de quererme...Yo, en realidad, quería un novio, tú estabas allí y hubo varios momentos que lo hiciste de miedo”
- “Dices eso porque estás dolida”
- “Haces bien en quedarte con esa idea, es mucho mejor que pensar que alguien ha estado contigo solo para tener a alguien...Ah, y al gato te lo llevas, que el día menos pensado me mata o de un zarpazo, o de la alergia”

Raquel salió de allí y no volvió a ponerse azul. Gustavo se llevó el gato.Raquel tiró los libros de autoayuda, y se dispuso a buscar otro que se enamorase de ella. Al fin y al cabo, se dijo, si una tiene una costumbre tan arraigada, será por algo.

1 comentario:

franxapa dijo...

Por eso eres mi mejor amiga! se te ocurren el mismo tipo de historias qe a mi, y además lo haces mejor que yo

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